Bolivia se juega mucho ante Surinam en el inicio del repechaje intercontinental rumbo a la Copa del Mundo 2026. No es un partido cualquiera. Es de esos que cargan historia, presión y esperanza. De esos que paralizan un país.
Y cuando escucho que la Verde vuelve a tocar la puerta de un Mundial, la memoria se me va varios años atrás. A aquellos tiempos en que, con grabadora de casete en mano —sí, de las que uno rebobinaba con paciencia— tuve el privilegio de sentarme frente a Erwin Sánchez, el inolvidable “Platini”, el único boliviano que ha marcado un gol en una Copa del Mundo.
Aquel zurdazo quedó inmortalizado en la Copa Mundial de la FIFA 1994. Más que un gol, fue un símbolo. Un recordatorio de que los sueños, cuando se trabajan, pueden romper cualquier estadística. Escucharlo contar esa experiencia, con serenidad y orgullo, fue entender lo que representa un Mundial para un país entero.

El fútbol me ha permitido caminar territorios que de otra forma quizás no hubiera conocido. En 2008 crucé hacia Bolivia por Pisiga, sintiendo el aire distinto, la altura, la identidad fuerte de su gente. Y en 2025, el balón me llevó hasta Paramaribo, en Surinam, una ciudad con sabor caribeño en plena Sudamérica, donde también se respira fútbol, aunque el mapa muchas veces no los tenga en el radar.
Hoy esos dos mundos se cruzan en un repechaje que puede cambiar historias.
Y no les voy a mentir… mientras veo a Bolivia y a Surinam ilusionarse, no puedo evitar pensar cuánto me hubiera gustado ver a Guatemala en una instancia así. Qué distinto sería el ambiente. Qué ilusión se viviría en nuestras calles. Cuántas historias estaríamos contando.
Porque nosotros también sabemos de espera, de procesos, de generaciones que empujan. Sabemos de soñar con que algún día la Azul y Blanco dé ese salto que tanto anhelamos.
El fútbol tiene esa virtud: conecta recuerdos, países y emociones. Une a Bolivia con Surinam.
Al final, más allá de fronteras, repechajes y estadísticas… la pelotita siempre nos une.






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